| Aun
creo sentir el frío calando hondo en mi piel, cuando
el cielo comenzó a rayar el alba. Ese tipo de frío
que se siente más agudo ante la soledad, que ante
la aurora...
Mientras los primeros rayos pálidos imaginaban misteriosas
formas en la bruma, las delicadas luces del nuevo día
comenzaban a bañar de escarlata las dulces Colinas
de Seeonee. |
La tierra latía húmeda
y los trinos se esparcían suavemente en las praderas,
mientras nada de esto me era nuevo. De hecho, había
crecido entre ellos. Pero el frío se sentía
más fuerte ahora que entre otros amaneceres: llegaba
el momento de partir del abrigo de los locos. Era el momento
de dejar la manada y tomar el camino de los hombres.
Fue entonces cuando apareció
silenciosa entre la niebla, la misma manada que hace años
abrazo a un desnudo cachorro humano. Esta vez venía
a verme partir. Desde ese instante, todos los juegos,
las cacerías y momentos con mis hermanos lobos
pasarían a ser solo recuerdos Akela –el jefe
de la manada- dijo desde lo alto de su roca, que había
llegado del momento de dejar el regazo de la manada.
Dijo que ya había dejado de ser un cachorro humano
y Akela no solía equivocarse.
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| Entonces
como un chispazo de lucidez, brotan en mi mente todas las
noches de alegrías y penas juntos; brotan las dulces
tardes de risas y carreras descalzas junto a los lagos;
brotan aullidos y canciones junto a la manada. Quillalemu
solíamos llamarle. Brotan también infinitas
noches adornadas con infinita cantidad de estrellas; brotan
célebres discursos de Akela ante la manada expectante;
brotan ceremoniales, los poderosos espíritus de los
lobos que ya han partido.
Pero era el inevitable
momento de mi partida. Abrace entonces a Baloo, el oso.
También lo hice con la pantera, Bagheera, y Hathi,
el elefante...abracé a cada uno de los hermanos de
la manada como nunca antes lo había hecho.
Solo entonces aprendí
a llorar. Cuando me volví, pude sentir la penetrante
mirada del viejo lobo sentado en su roca, como queriendo
decirme la última palabra.
Junto con el último
respiro de frescura plateada, quedó, también
un último deseo; volver algún día a
la Manada.
Es obvio que parte de
mi espíritu sea animal; he crecido con ellos. Cuando
llegue donde los hombres, me hicieron jugar un entretenidísimo
juego: creerme animal y formar una familia. Hacer amigos,
súper sencillo, creí. Cinco opciones, cinco
animales.
Cinco virtudes:
_Servicio, Fuerza, Valor, Alegría y Astucia.
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Entonces encontré una familia.
Quizá nunca antes conocí otra...
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Y fui
alce, fui Búfalo, Pantera y Rinoceronte; fui Zorro.
Supe por primera vez lo que era un ideal; una patrulla.
Entonces aprendía a jugar rudo, a cocinar para comer,
a dormir de cara a las estrellas, a trabajar en equipo y a
escalar las más altas montañas. A nadar más
ríos. Conocí un norte y un sur. Aprendí
a obedecer, a respetar, y a ser respetado.
Ya no era un niño y mi cuerpo se
hacia más fuerte. Aprendí a dominar esa fuerza.
Aprendí a tenerle respeto al fuego, y a la sombra que
deja tras de sí. Viví las inclemencias de la
lluvia y las torturas del sol sobre los hombros. Me hice parte
de los poderosos ritos de patrulla. Aprendí a reconocer
un líder. Fui un líder. Conocí una ley...
Supe lo que era el cariño entre los
hombres. Aprendí a ser un hombre. Y recuerdo con emoción
y orgullo esa mañana antes de mi partida de la tropa
Scout Rucamanqui, cuando, con los primeros destellos de luz,
hice la primera promesa de mi vida, ante dios y mis hermanos
los hombres. Conocí el orgullo. Conocí la Fe. |
| Entonces
recogí mi mochila llena de campamentos, de juegos,
de historia, de danzas junto al fuego y sueños secretos,
para seguir la sombra de un Cóndor viejo volando hacia
el sol.
En este silencioso camino
recordé que tenia una deuda pendiente; un desafío,
una promesa que cumplir. El miedo me invadía a cada
paso y doblaba las piernas. Pero descubrí que mi camino
no estaba desierto, de hecho muchos seguían la misma
huella del Cóndor. Nos llamaron Profetas. Nos llamaron
Mitimaes. |
Emprendimos ruta...
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A partir de ese momento
descubrí que el sistema de confianza del cual se había
escuchado, no eran letras añejas sobre un pliego. La
confianza se hacía lágrima y abrazo entre los
hermanos de ruta; La confianza aun existe. Confianza hecha
realidad y sueño en cada paso de este viaje eterno.
Esa es la batalla; la lucha contra el temor.
Me hice servidor, guerrero y mensajero
de este nuevo Imperio del Sol – pasión, muerte
y resurrección de todo Mitimae-, mientras descubría
un mundo nuevo a mis pies.
Descubrí a mis compañeros
de viaje. Descubrí la amistad...
Entendí lo valioso de la verdad entre
los hombres, pilar de todo entendimiento. Aprendí a
descifrar los astros en los ojos ajenos; supe descifrar la
mentira. |
Viví
con los Mitimaes muchas vidas hasta que descubrí que mi corazón
buscaba nuevas puertas que abrí. Cuando estuve seguro de
ello, incline mi antorcha hacia el fuego sagrado, abrace esa noche
a mis hermanos ruteros y peregriné hacia donde el corazón
me invitaba... esta vez solo.
Es por eso que
cuando un Cóndor habla de su nido, la garganta y los ojos
le rebalsan de emoción. Y respira hondo.
Esto es
RUCAMANQUI. La otra cara del mundo.
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